La increíble maldición de los subcampeonatos…

Ni siquiera los relatos de terror de Poe o las locuras de Stephen King pudieron igualar lo vivido por River desde 1958 hasta 1974. Este período fue casi tan aterrador como entrar a la oficina del jefe un lunes por la mañana. Tras ganar cinco campeonatos en seis años, el equipo se encontró en un terreno resbaladizo donde las derrotas eran escondites para monstruos de pesadillas. Entre insultos y pataleos, cada final de temporada era un episodio de “este año sí, pero al final no”. ¡Hubiera sido más fácil realizar cien flexiones con un solo dedo que verles dar la vuelta olímpica!

Durante esos años, hasta los calcetines del equipo estaban de baja por tristeza. En 1962, un penal mal cobrado dejó a River otra vez en la lona. Los árbitros parecían más inclinados que una torre de Pisa en oferta, ignorando adelantos visibles. Penal bien pateado, gol seguro, decía el juez, como si estuviera dictando el horóscopo del mes. River, con 12 segundos puestos amontonándose como pilas de platos sucios, siguió jugando pero la racha perdedora era como un chiste malo: interminable. Sin embargo, la esperanza era la gasolina que los mantenía en pie… hasta que apareció Labruna con su llave mágica en 1975.